miércoles, agosto 10, 2022

Vida Espiritual

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En la formación inicial para el ministerio apostólico, la dimensión espiritual es el centro vital que unifica y vivifica toda la experiencia del seguimiento de Jesús quien “llamó a los que él quiso […] para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar” (Mc 3,13). La vida espiritual del Seminario está marcada por estos dos elementos esenciales de la relación con Jesús: la amistad con Él y la misión, es decir, la vida espiritual de “discípulos-misioneros”. Si bien estas características son comunes a la condición de todo bautizado, en el llamado al sacerdocio ministerial asumen connotaciones únicas, dadas por la particularidad del carisma propio: el sacerdote “es enviado por el Padre, por medio de Jesucristo, con el cual, como Cabeza y Pastor de su pueblo se configura de un modo especial para vivir y actuar con la fuerza del Espíritu Santo al servicio de la Iglesia y por la salvación del mundo” (PDV 12 a.b). Seguir a Jesús es el centro de nuestro interés, conocerlo, intimar con Él, tratar con Él como con un amigo. Es lo mejor que nos pasó en la vida, es nuestro tesoro (DA 29). Por eso, amarlo y darlo a conocer es la fuente de nuestra alegría.

En su advocación de Nuestra Señora de Loreto, reconocemos su predilección e intercesión de la Santísima Virgen María por nuestra comunidad. Sabemos que “sobre su regazo el Hijo de Dios aprendió a ser hombre de una humilde condición”, y Ella intercede para que el Espíritu forme en nosotros un corazón sacerdotal al modo de Jesús Sacerdote.

La celebración de la Eucaristía diaria es el centro de nuestra jornada. Es la Acción de Gracias por excelencia. Es la fuente de donde brotan las fuerzas para nuestra vida y, al mismo tiempo, es la cumbre a la cual llevamos la ofrenda de nuestras vidas. Es el encuentro Pascual con el Señor y con los hermanos.

La Liturgia de las Horas (Laudes y Vísperas) como así también la oración personal es fundamental para crecer en la unión con Dios que transforma misteriosamente nuestros corazones. Participamos de la oración litúrgica con Cristo por toda la Iglesia y el mundo; y dedicamos tiempos personales para la oración.