“El Señor quiere estar con nosotros y acompañarnos en lo cotidiano de nuestras vidas. Quiere hacerse presente en cada uno de los momentos que conforman nuestro día: en los pensamientos que surgen durante el desayuno; mientras caminamos al trabajo, al colegio, o a la universidad; en los diálogos que tenemos con nuestros compañeros, amigos y/o familiares; en cada una de las tareas que llevamos a cabo, etc.”

Reflexión del Evangelio del Domingo XXXI del Tiempo Ordinario

Lc.19, 1-10

El evangelio de hoy nos presenta la figura de Zaqueo, un hombre rico, que amasó su fortuna a cuesta de otros. Esta actitud suya, llevó a que su riqueza sea solo material, careciendo –podemos imaginar– de las riquezas que verdaderamente bañan el corazón de alegría y gozo. La amistad, el amor de los cercanos, el ser bien recibido y aceptado por la gente, entre tantas otras, son algunas de los tesoros de los cuales el rico Zaqueo carecía.

Sabiendo de estas carencias es que Jesús le pide alojarse en su casa. Así, podríamos pensar que Jesús, lo que pide en realidad, es adentrarse en su corazón. Y está bien esta reflexión, pero te invito que profundicemos un poquito más en esta reflexión. Por ser cara a cara, cuerpo a cuerpo el encuentro de Jesús y Zaqueo, el Señor busca entrar en lo cotidiano de la vida de este publicano. Por eso solicita alojamiento en su casa, en el lugar donde él habita, en el sitio donde su vida se desarrolla, fuera de todo cuanto la gente pudiera decir o pensar de él. En una palabra, Jesús busca entrar en la intimidad del corazón, pero también, en el día a día de Zaqueo.

Y creo que es, justamente, a lo que el Señor nos quiere invitar en este día: a llevarlo a lo cotidiano de nuestra vida: a tenerlo presente en los pensamientos que surjan durante el desayuno; al ir camino al trabajo, al colegio, o a la universidad; a los momentos de diálogos con compañeros, amigos y/o familiares; a las tareas que realizamos durante el día, etc.

Es importante que tengamos presente que Jesús se encarnó para estar con nosotros, para ser parte de nuestra vida humana. Murió como hombre para que podamos identificarnos con sus sufrimientos y buscar en él las fuerzas que tantas veces sentimos que nos abandonan. Y volvió a la gloria del Padre para interceder por nosotros. Pero no estando él en el cielo, allá, lejos nuestro, y nosotros acá, llevando o tratando de llevar nuestra vida, muchas veces, de la mejor manera. Sino que, intercediendo por nosotros, está cerca nuestro: camina junto a nosotros, se interesa de lo que nos pasa, y quiere tener ese lugar en nuestra vida, en nuestra intimidad, vivir como vivimos nosotros, de la misma manera que quiso vivir y compartir con el rico –o podríamos decir también con el pobre– Zaqueo.

Por todo esto, hoy te invito a que abramos nuestro corazón, a que lo dejemos entrar a Jesús en nuestra casa, en nuestro hogar, en nuestra intimidad. Que le abramos la puerta de nuestra vida y lo llevemos a compartir cada momento de nuestro día, dejándonos guiar por él, dejándonos abrazar por su amor, dejándolo ser parte de nuestras alegrías, de los desafíos que se nos presentan, de nuestras luchas, y de nuestras tristezas.

Le pidamos a mamá María que nos conceda la gracia de caminar junto a su Hijo, de llevarlo en el corazón, ofreciéndolo a todos, siendo medios e instrumentos para que otros conozcan y disfruten también del abrazo de su amor misericordioso.