«Que importante es que podamos transcurrir nuestra existencia en la tierra preparándonos para estar en la presencia del Señor».

Reflexión del Evangelio del XXXII Domingo Durante el Año

Lc.20, 27 – 38

Espero tengan todos un muy buen domingo.

En el Evangelio de este fin de semana, aparecen en escena, una vez más, los miembros de una de las (varias) sociedades judías en tiempos de Jesús: en este caso particular, los saduceos. Junto con los fariseos, serán los grupos que entran en choque con el modo y la prédica de Jesús. Y el relato que se nos presenta en el evangelio de hoy es una muestra de ello.

Los saduceos, negaban la resurrección y llevan al Señor el siguiente planteo, buscando, como decimos en criollo, que «pise el palito». Frente al dilema de la resurrección y ¿de quién será esposa la mujer, de cuál de los siete? Jesús responde, como nos tiene acostumbrados, de manera sencilla y contundente, que los que ya han muerto no pueden volver a morir, que la forma, y que las ideas y los modos de vivir que llevamos en este mundo no pueden ser vivenciados de igual modo en la vida eterna.

Aquí está la invitación de este domingo que se nos hace desde el Evangelio: el poder transcurrir nuestra existencia en la tierra preparándonos para estar en la presencia del Señor. Esto no significa que no debamos hacernos cargo de nuestras obligaciones asumidas y que son propias de nuestro modo de vida, no nos olvidemos que “no somos del mundo, pero estamos en el mundo” (cf. Jn.17), y que por ende debemos cumplir con nuestras tareas confiadas desde el modo de vida que cada uno lleva, desde su vocación a la que Dios nos llamó a vivir como laicos, casados o religiosos.

Sin embargo se nos pide que no les demos el corazón a estas obligaciones o tareas. Vivamos sabiendo que todo lo que hagamos no solo es pasajero, sino que lo hacemos con el firme propósito de que las buenas obras son la clave para alcanzar la salvación.

Pensemos en María. Ella, que desde la disponibilidad que manifestó a Dios por medio de su “sí” al ángel, vivió abierta al cumplimiento de la voluntad del Señor, y más aún “guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc.2, 19), tenía la fiel esperanza de que todo lo que transcurría era un gran tesoro que nacía desde lo cotidiano en el hogar de Nazaret. Tomando su ejemplo, vivamos al modo de María, guardando esos momentos bellos, y aquellos no tan bellos, que acontecen en lo cotidiano, para presentarlos un día a nuestro Señor. Como escribe Mons. Pedro Casaldáliga: «Al final de la vida me dirán -¿Has vivido? ¿Has amado? Y yo, sin decir nada, abriré el corazón lleno de nombres”

Que la virgen María de Loreto nos bendiga con esta gracia, y que también nos acompañe y anime a vivir cada momento de nuestras vidas con la esperanza de resucitar y encontrarnos entre los brazos de nuestros Señor.