Desde hace casi diecisiete años, el padre Daniel Ferreira está vinculado a la formación de jóvenes aspirantes al sacerdocio.

Este año fue designado rector del Seminario Mayor Nuestra Señora de Loreto de Córdoba. A pesar de lo que significa dicha responsabilidad, asume el reto con alegría y confianza.

En una entrevista exclusiva con Encuentro compartió su opinión acerca de este nuevo desafío, como así también su mirada sobre la vocación y las demandas de la iglesia a sus ministros.

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Mariana Viarengo | REDACCIÓN – PERIÓDICO ENCUENTRO

Usted ha estado relacionado al a formación de los seminaristas y ahora está al frente del seminario como rector, ¿qué ha significado este cambio en su vida como sacerdote?

Es realmente una toma de conciencia, de alguna manera, de que la iglesia se confía mucho a mí como persona, como sacerdote. Se está confiando en un trabajo que es esencial para su misión, para su tarea. Siento como una fuerte responsabilidad.

¿Cómo se posiciona hoy el seminario mayor ante la iglesia y la sociedad?

Nosotros intentamos escuchar las expectativas de la iglesia y de la sociedad. De hecho cuando elaboramos nuestro proyecto formativo hace un poco más de siete años, uno de los primeros pasos que dimos fue el de consultar a las comunidades qué expectativas tenían respecto a los curas, qué tipo de sacerdotes querían, qué cosas les dirían a un cura o a alguien que se quiere formar. Qué tipo de sacerdote esperan. Hicimos una consulta bastante amplia, a partir de una elección aleatoria.

Pedimos a muchas comunidades de la diócesis que nos respondieran un largo cuestionario. Y de esas respuestas que nos fueron dando fuimos sacando algunas notas que nos parecían que el sacerdote de nuestro tiempo debía tener.

De esa manera, se fue gestando este proyecto formativo que vio la luz allá por el 2007. Una tarea de varios años.

¿Cómo podría definir este nuevo proyecto formativo? ¿Qué diferencias se manifiestan en relación al perfil del sacerdote de antes?

Muchos cambios. Sustancialmente, creo que la palabra que define es “apertura” a la iglesia y al mundo.

Dejar que el mundo entre y salir un poco más al mundo. En un encuentro que no sea asimilarse pero que sí sea “encontrarse”. Y que del encuentro con Jesús y del encuentro con el mundo nosotros podamos hacernos, de alguna manera, mediadores. Que podamos ser testigos. Hombres que quieren que todos los hombres se encuentren con Dios. Dejar que el mundo entre y salir nosotros más al mundo, esa es la idea.

Actualmente, ¿cuántos seminaristas tienen el seminario mayor?

En total son quince seminaristas que forman parte de nuestro seminario, distribuidos en las diferentes etapas de formación.

¿Con qué nuevos desafíos se enfrentan los sacerdotes ordenados?

Por lo pronto, con un mundo que ya no los recibe como lo hacía anteriormente, sino que es un mundo que los recibe cuestionándolos, mirándolos a veces con sospecha, de tantas cosas que han ido apareciendo en los medios de comunicación, la duda, la desconfianza. En general. No deja de haber un núcleo eclesial que los acoge con alegría, los recibe como un don de Dios y los acompaña su ministerio.

¿La sociedad ha posicionado al sacerdote en otro lugar?

Sí. Nos han ido ubicando en otro lugar, un lugar que va perdiendo, creo yo sanamente, un prestigio desmedido, que no nos ha hecho bien a nosotros y a ellos tampoco, pero que vamos todos, porque los tiempos y la sociedad es así, detrás dela propuesta de Francisco de un ministerio más servicial, más en clave de anunciar y de respetar la libertad del hombre y la sociedad. Pero tratando de que nuestra palabra tenga como sostén nuestra propia vida. Seamos testigos verdaderamente y no solo maestros, ni controladores de la fe (como lo decía Francisco). Testigos que quieren anunciar, compartir la fe con sus hermanos, que creen que tienen un mensaje que significa algo y que es bueno, que vale la pena ser escuchado y que, por lo tanto, vale la pena ser anunciado.

Vocación es la palabra

¿Cómo definiría la palabra vocación?

En primera medida, como algo base, es lo que Dios nos propone ser a cada uno de nosotros. Lo que Dios nos invita a ser. Pero tiene sus complejidades, porque a veces se ha entendido la vocación como un destino ajeno que se nos impone y al que debemos adherir si queremos ser fieles a Dios y si no asumir que estamos al margen del camino de Dios. Y la vocación tiene algo de “venir de otro”, pero al mismo tiempo que es algo profundamente mío, que me expresa y me realiza. Que me plenifica porque el que me hizo, me hizo para ser llamado. La clave del discernimiento es encontrar esa profunda sintonía, descubriendo mi camino y lo que Dios me propone. Pero esto lo podríamos decir de toda realidad humana. El del matrimonio, cuando uno y una se descubren mutuamente llamados de esta manera.

¿Qué reflexión nos puede ofrecer sobre la carencia de vocaciones?

Yo primero te diría que hay una dificultad base en reconocer una vocación en las personas de nuestra sociedad. En términos generales, lo vamos descubriendo en la dificultad que tienen los jóvenes en decidir su carrera, en la dificultad que existe para establecer vínculos duraderos en matrimonios, o de parejas estables, no solo con lo estrictamente sacramental.

La dificultad para comprometer la vida con un camino y es más, identificar a dónde quieren comprometer la vida. Esto también se vuelca sobre la realidad de esta vocación, porque tiene la misma componente. Les resulta muy difícil escuchar en lo profundo y dar una respuesta. Lo que llamamos la obediencia, que no es “sumisión a una voluntad más poderosa” sino que es la respuesta a una escucha profunda. Entonces se fragiliza todo. Nos encontramos con este joven con inconvenientes; además hay situaciones del contexto social de nuestra propia realidad eclesial, de las dificultades que públicamente conocemos, que van como poniendo más obstáculos. Sin embargo confiamos en Dios que hace resonar fuerte su voz en los corazones.

¿Por qué siempre se habla del “no tengan miedo”?

Me parece que este es una componente fundamental de la experiencia creyente. La experiencia de Adán está inscrita en el corazón de todos los hombres. “Adán, ¿dónde estás? Me escondí porque estaba desnudo”. Esa experiencia adánica que sí tiene que ver con el pecado, pero no con la culpa, sino con esa experiencia de desnudez y tener que confiarle la vida a otro. Entonces en esa desnudez, la primera reacción que aparece es el temor. Y la tentación a esconderse. La invitación al “no tengan miedo” es una invitación a escuchar con el corazón abierto y disponible lo que Dios quiera, que va a ser para nuestro bien. Siempre recuerdo una frase de un sacerdote: “Hacerse cura es asomarse a dos abismos.

El abismo insondable del amor de Dios y el abismo también muchas veces insondable de nuestro propio corazón”. Y eso produce vértigo. Y si no hay un acompañamiento, o un contexto que aliente, sostenga e ilumine, se vive muy solitariamente. Eso repliega y no abre. Porque todos necesitamos que alguien nos indique que vamos por buen camino, que los miedos son una tentación.