«Jesús nos invita a una aventura hermosa y apasionante, pero que no deja de tener su dificultad, su cruz. Esa cruz será muchas veces nuestra propia historia, con todas nuestras fragilidades y heridas que, muchas veces, nos tentarán a dejar el caminar».

Reflexión del Evangelio del Domingo XXIII del tiempo Ordinario – Lc 14,25-33

El Evangelio que se nos propone para este domingo, nos pone en el marco de tres renuncias para seguirlo a Jesús y ser sus discípulos. La primera renuncia nos hace discernir nuestros vínculos afectivos. Jesús nos invita a ubicar esos vínculos en el camino del seguimiento, evitando que sean trabas para seguirlo a Él. En este sentido, no hay un pedido a dejar de amar a nuestros seres queridos. Todo el proyecto que Jesús vino a traer se funda en el amor, por lo que sería incoherente pedirnos aquello. Lo que se nos pide, en sí, es renunciar a esos amores que encierran, que paralizan, que no nos dejan caminar, que terminan siendo exclusivos. Jesús, en definitiva, cuida nuestra libertad para amarlo. La renuncia que se nos pide, es a esos amores que nos tienen esclavos, porque Jesús nos quiere libres para amar.

La segunda renuncia consiste en dejar de lado cualquier concepción “light” o fácil del seguimiento de Jesús. Él nos invita a una aventura hermosa y apasionante, pero que no deja de tener su dificultad, su cruz. Esa cruz será muchas veces nuestra propia historia, con todas nuestras fragilidades y heridas que, muchas veces, nos tentarán a dejar el caminar. Sin embargo, Cristo nos llama con todo eso a hacer camino con nuestra cruz, a caminar tras Él, sin dejar de confiar en su gracia. Jesús nos advierte que no podemos seguirlo sino lo seguimos con todo lo que somos, y la cruz es parte de nuestra vida: hay que asumirlo.

La tercera renuncia, se remonta nuevamente a aquellas cosas que pueden atarnos e impedirnos el seguimiento: los bienes. De igual manera que puede ocurrir con los vínculos, los bienes se convierten en algo a lo que hay que renunciar cuando atan nuestro amor, nuestras motivaciones y deseos. Jesús nos quiere con nuestro corazón completamente puesto en su proyecto, en su seguimiento, no nos quiere esclavos de nuestros bienes materiales, seguridades y posesiones. Aquí podríamos recordar aquel texto en el que Jesús nos dice: “Allí, donde esté su tesoro, estará también su corazón” (Lc.12, 34). Podría ayudar nos a reflexionar la siguiente pregunta: ¿Cuál es mi tesoro? ¿Dónde está puesto hoy mi corazón? En definitiva, en mi vida, ¿qué es lo que me mueve, lo que me atrae con más fuerza? ¿Dios y su proyecto? O ¿los bienes pasajeros?

En todo este camino del discipulado al que nos invita Jesús, cobrará especial importancia el discernimiento. A esto apuntan las preguntas de Jesús sobre quién, antes de construir una torre, no ve si le alcanzará con lo que tiene, o que rey no delibera antes de salir a la guerra si su ejército podrá hacer frente al del enemigo.

El camino de discipulado es esencialmente un camino de discernimiento, en el cual frente al Maestro que me llama, debo constantemente discernir todo aquello que no me permite seguirlo libremente. El discernimiento conllevará luego un compromiso: renunciar a todo ello para seguirlo a Él, que me llama a estar en su presencia y a ser su instrumento.