Marcos 4, 26-34

Los domingos anteriores hemos celebrado junto a toda la Iglesia, Fiestas y Solemnidades como la de Pentecostés, la Santísima Trinidad, Corpus Christi, entre otras; redescubriendo que Dios se da todo por amor a cada uno de nosotros, a nuestras familias y comunidades.

Este domingo retomamos el tiempo ordinario, que no significa un tiempo simple durante el año. Todo lo contrario, la Liturgia dominical nos sigue comunicando al Dios-con-nosotros que irrumpe nuestra historia y nuestras vidas, haciéndolas nuevas y comunicadoras de la Buena Noticia, portadora en exceso de amor, pero amor del bueno: el de Dios.

Hoy el Señor nos anuncia acerca del Reino de Dios y lo hace por medios de parábolas. No está de más recordar que para Jesús «los suyos» no eran unos más. Jesús no era indiferente a lo que eran o mejor dicho a quiénes eran, sino que sabe comunicarles la Palabra de su Abbá por el simple pero profundo hecho de que los conoce a fondo, predominando su mirada, el vínculo, el encuentro. Por eso el Señor, en frente de sus hermanos y hermanas, que según Marcos eran una multitud (Mc 3, 32), va a transmitir el amor de Dios, es decir, su Reino, por medio de parábolas. La parábola, a modo de recordar o aprender, fue un recurso utilizado por Jesús que consistía en el uso de alguna imagen, experiencia, o realidad que vivía su gente, para comunicarles la Verdad.

Podríamos contemplar en el Evangelio de hoy tres imágenes:

En primer lugar, Jesús nos dice que el Reino de Dios, es decir, el amor y la misericordia de Dios, su justicia y reparación; nos llega a cada uno de nosotros y nos invade, nos toma, nos inunda, nos provoca, nos sana, nos reconcilia y nos envía a vivir como “Fratelli Tutti” (hermanos todos) tal como nos lo recuerda el Papa Francisco en su última encíclica. Y en este primer momento hacemos foco a una imagen hermosa que toma Jesús: la tierra.

Si recuerdan las palabras del Evangelio “el Reino de Dios es como (…) la semilla que cae en tierra” (Mc 4 26), podrán notar que elemento natural está presente reiteradas veces y la semilla, que simboliza el Reino, se mete al seno de la tierra que representa la humanidad, vos, yo, nosotros. Me animo a pensar que estamos en otoño, cerquita del invierno y nos resulta fácil notar que la tierra ya presenta signos de aridez, falta de agua, rasgada por su sequía. Y a su vez estamos atravesados por el dolor y la incertidumbre que nos provoca esta pandemia y por tantas otras heridas de las que hacemos o hemos hecho experiencia. Lo cierto es que nuestra vida e historia, así como la tierra, pueden hoy estar también rasgadas, quebrantadas, agobiadas… Pero la Vida en abundancia del Señor se hace  presente decididamente ahí, en el centro mismo donde parece que ya no hay ni una gota de esperanza y comienza lentamente a fecundar con su presencia y su aliento.

En segundo lugar, contemplamos la imagen de la espiga o la hortaliza: signo del fruto abundante. Que  siempre es consecuencia de que Dios habita en nuestras vidas y de que estamos en una intimidad de amor sincera en la que nos vamos dejando “primerear” por su mirada, por su consuelo, por su presencia y misericordia. Gozar de los frutos de Dios es haber hecho experiencia de la “más pequeña de todas las semillas de la tierra, pero una vez sembrada, crece y llega a ser la más grande de todas las hortalizas” (Mc 4, 31-32)

Por último, pero igual de hermoso, es la realidad del Reino en torno a la imagen del “grano abundante en la espiga” (Mc 4, 28) y de los “pájaros del cielo se cobijan a su sombra” (Mc 4, 32). Desde aquí podríamos decir que el Reino, del que nos habla y propone el Señor, es de un Dios que quiere lo plural, lo comunitario. De la semilla, que es una y que es trabajada en la tierra con todas sus riquezas y defectos, es capaz de sacar muchos frutos que se viven comunitariamente, que dan vida para sí y para los otros haciendo un verdadero nosotros, y a su vez esa vida se contagia en palabras y obras haciendo de que otros hagan esta experiencia de Amor desde su propia vida.

Y vos, ¿Haz entrado junto al Señor a la intimidad de tu propia tierra/vida? ¿Haz permitido que el Señor habite todo tu ser? ¿Cuáles son los frutos que el Señor te va regalando día a día para que otros puedan compartir la vida con vos y para que descubran o redescubran el Amor que se ofrece a todos/as como a cada uno/a?