Mc 10,17-31

Este hombre rico tenía muchas de las cosas que podrían pensarse que dan felicidad: hacía el bien cumpliendo los mandamientos, tenía riquezas… y sin embargo, su corazón estaba insatisfecho: por eso corre al encuentro de Jesús, le suplica de rodillas que le diga cómo tener vida eterna, una vida plena. No le bastaba con lo que tenía: va en busca de algo más.

Las palabras de Jesús le descubren el motivo de esa insatisfacción: estaba atado a sus riquezas. Y eso fue para él una fuente de tristeza en su vida. Los ricos, para el Evangelio, son aquellos que confían en sus propias fuerzas o en falsas seguridades, se creen autosuficientes, son apegados, buscan poseer y acumular (cosas, personas, seguridades).

En cambio, la invitación de Jesús a la pobreza evangélica es una Buena Noticia: es una forma plena de vivir ya aquí en la tierra (v 30), y en vistas a la vida eterna. Es una fuente de alegría, propia de quien no está atado a las riquezas de cualquier tipo, y quien no tiene miedo de parecer último a los ojos de este mundo.

Las palabras de Jesús parecen muy duras, y así lo sienten sus discípulos. Pero son palabras que brotan de una mirada amorosa (v.21), que busca lo mejor para nosotros.

¿Cuáles son las riquezas que te atan hoy al seguimiento de Jesús? ¿Cuáles son esas cosas que creés que te dan seguridad, pero en el fondo dejan insatisfecho el corazón?

Confiar en Jesús, más que en nuestras propias seguridades: eso es fuente de la auténtica alegría.