Estás buscando ser plenamente feliz, que tu corazón arda de alegría. Yo también. ¡Lo busquemos juntos!

El evangelio de hoy nos invita a estar felices porque nuestros nombres están escritos en el cielo: el tuyo y el mío. Y me animo a decir que esto es la felicidad.

Va a llegar un momento en el que vamos a volver a casa, a nuestro hogar celestial, y lo que hace que el hogar sea, justamente, un hogar –es decir, ese lugar especial al que uno desea siempre regresar– son las personas, la familia, los amigos. Pues bien, lo que ocurre es que en el cielo está nuestro Padre, nuestro Amigo, nuestra Madre. Por lo que al llegar al cielo vamos a reunirnos, nuevamente con nuestra familia. Con los familiares de sangre que se adelantaron y partieron antes que nosotros, pero también con nuestra familia sagrada, nuestra familia en la fe. De modo que no hay manera de que no podamos sentirnos allá, y perdonando la expresión, realmente cómodos.

Pero entonces, si todo esto nos espera allá, ¿dónde y cómo estamos hoy? Si estamos alegres y vivimos nuestro día a día de este modo, podríamos decir que es porque emprendimos el camino a casa. Pero si no vivimos ni nos sentimos así, ¿cómo encontramos este camino que nos lleve a casa? Pienso que la respuesta la podemos hallar en esta frase de un poeta indio que tanto me ayuda a rezar: “Yo dormía y soñé que la vida era alegría. Me desperté y vi que la vida era servicio. Serví y comprendí que el servicio era alegría”.

Podemos decir que esto es lo que hicieron los discípulos: vieron al Servicio, al Amor en persona, y llenos de Él, quisieron también ellos servir y amar, compartir lo que recibieron con los demás.

Este es el camino que nos lleva a Dios, al encuentro con el amado: salir de uno mismo e ir hacia los demás, entregarse a todos por entero, como Jesús lo hizo y lo hace hoy en la Eucaristía.

Te invito hermano, hermana, ¡a que vamos juntos a recibirlo y a entregarnos! ¡Recíbelo y entrégate!