Mc. 5,21-43

En el Evangelio de este domingo, observamos dos personajes que se presentan ante Jesús pidiéndole que sane una enfermedad. En el primer caso, el jefe de la sinagoga, Jairo. Se acerca a Jesús rogándole con insistencia por la salud de su hija. El texto nos dice: “Jesús fue con él…” (Mc. 5,24).

Es interesante percibir aquí que el hombre se acerca a Jesús, buscando su compañía, su auxilio. Y, en consecuencia, Dios viene junto al hombre; es decir, responde a las necesidades humanas. Jesús camina tras el jefe de la sinagoga, quien corre ansioso por llegar junto a su hija para que sea sanada.

En el camino hacia la casa de Jairo, se presentan dos momentos clave para ambos protagonistas. La hemorroisa descubre que buscar soluciones fuera de Cristo, ha sido en vano para su vida, y solamente fue de peor en peor con su salud. Dice el texto que ella se le ‘acercó’ a Jesús, y encontró lo que necesitaba. Y nosotros… ¿Nos acercamos a Jesús presentándole nuestra vida, nuestras necesidades?

Por otra parte, llegan de la casa de Jairo a decirle que no moleste al Maestro porque su hija ya murió. Imaginemos aquí la desesperación de este padre que ama y quiere que su hija sea curada. Nos enseña Jesús en este pasaje que la enfermedad o la muerte no son barreras para Dios, que puede regalarnos la resurrección. Puede movilizar y encender los corazones apagados, solo le pide y nos pide una cosa: “basta que tengas fe” (Mc. 5, 36).  Enciende Señor nuestro corazón, para poder decir lleno de gozo: “…encontré al amado de mi alma…” (C.c. 3,4)