Mc 4, 35-41

Existe una expresión que solemos utilizar cuando los problemas y las situaciones difíciles que nos tocan vivir en lo cotidiano nos quitan el sueño y la paz. Esta es: “estoy con el agua hasta el cuello”. Esto es lo que pudo pasarles también a los discípulos en la barca: al ver que el viento y el mar los embestía, al ver que la barca se llenaba de agua (que los problemas los superaban), recién entonces clamaron a Jesús, exigiendo una respuesta de su parte: «¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?» (Mc.4, 39b). Y es esta misma actitud de los discípulos la que puede interpelarnos, hacernos sentir identificados: ¿no nos ha pasado que, en nuestro día a día, podemos no acordarnos de Jesús, pero cuando estamos inundados de problemas y dificultades, es al primero que recurrimos pidiendo su ayuda e intercesión?

De alguna manera, puede ocurrirnos que, mientras todo va bien, lo segundeamos. En nuestra escala de prioridades, ponemos primero las demás actividades y responsabilidades que tenemos, dejándolo a Él para después, para más tarde, para otro momento. Y sin darnos cuenta podemos terminar haciendo de la oración cotidiana una tarea, una actividad, una obligación a la que podemos renunciar si estamos cansados o sobrepasados por el trabajo, la familia, etc., en lugar de vivirla como un momento de encuentro, de descanso en sus brazos. Aun sabiendo que Jesús nunca nos abandona, que siempre nos acompaña y espera por nosotros, lo otro termina siendo más importante que disponernos a ese momentito de oración, de adoración, de encuentro con ÉL. Pero cuando los problemas nos invaden, cuando “el barco se hunde y el agua nos llega al cuello”, es al primero que recurrimos, pidiéndole ayuda, auxilio, o demandando, como los discípulos, una respuesta inmediata: “¿Señor, no te importa que esté atravesando esta situación, o que tenga este o aquel problema?”.

Si analizamos el texto con detenimiento, podemos ver que Jesús estaba con sus discípulos, los acompañaba en la barca. Y si bien es cierto que mientras la tempestad amenazaba por hundirlos, Jesús dormía, podemos ver también que, en cuanto los discípulos acudieron a ÉL, Jesús no tardó en darles una respuesta. Pues lo mismo ocurre en nuestras vidas: podemos pensar que Jesús está dormido, que no le da importancia a los problemas que tenemos o a las situaciones que atravesamos. Sin embargo, esta sería una manera incorrecta de pensar el obrar de Jesús. ÉL espera que, en todo momento, ante cualquier circunstancia, por muy buena o mala que sea, confiemos en Él. No sólo cuando los problemas apremian y cuando la cosa se pone difícil, sino, ¡siempre!

Si permanentemente nos confiamos a la acción de su gracia, podremos entonces hacer nuestras las palabras del apóstol Pablo, y decir: “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” (Rom.8, 31b). Si abrazamos con fuerza la esperanza de que ÉL siempre nos acompaña, que intercede por nosotros, que viene en nuestra ayuda (para consolarnos en los momentos de dolor, fortalecernos ante las adversidades, levantarnos del suelo cuando, a causa del pecado, caemos) tendremos entonces “la certeza de que ni la muerte ni la vida, […] ni lo presente ni lo futuro, […] ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor”(Rom.8, 38-39). De esta manera, podremos aclamar a viva voz, haciendo también nuestras las palabras del salmista: “El Señor es mi pastor, nada me puede faltar. Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo: tu vara y tu bastón me infunden confianza” (Sal.22, 1; 4).

Pidamos la gracia a nuestro Señor Jesucristo de confiarnos siempre a su amparo, a su gracia, a su abrazo y compañía; de ser constantes en la oración, pudiendo pedir su intercesión ante las dificultades y dándole gracias por todas las bendiciones que a diario nos concede en la pequeñez, en lo ínfimo de lo cotidiano.