Mc 14,12-16.22-25

Decía el santo cura de Ars: “si el hombre conociese bien este misterio moriría de amor” Hoy como iglesia celebramos la Solemnidad del cuerpo y la sangre de Cristo, misterio que nos sobrepasa y que oculta realidades preciosas ¡Amor, puro amor!

Con las palabras de Jesús “Tomen, esto es mi cuerpo” y “Esta es mi sangre” se concreta de manera perfecta la nueva alianza de Dios con los hombres, para nuestra redención. Una redención que no implica sacrificios, ni ofrendas sino abrazar la cruz de la salvación con nuestra realidad, implica simplemente estar con quién sabemos que nos ama.

Este gran misterio de amor, no solo debe ser acogido en lo celebrativo, sino también como proyecto de vida, como fundamento de un autentica espiritualidad, donde el encuentro con Cristo en cuerpo y sangre se viva a partir de una reciprocidad de miradas, de silencios llenos de respeto y veneración, de atención al prójimo, que nos hace salir del individualismo para vivir en comunión con Él y nuestros hermanos. Entonces deberíamos preguntarnos ante el Señor: ¿cómo vivo mi relación con la Eucaristía? ¿La vivo de modo aislada o como momento de verdadera comunión con el Señor, pero también con todos los hermanos y las hermanas que comparten esta misma mesa?

En estos tiempos de pandemia, experimentamos de diferentes maneras y modos la «solidaridad de Dios» con nosotros, una solidaridad que jamás se agota, una solidaridad que no acaba de sorprendernos: Dios se hace cercano a nosotros en la Eucaristía, comparte nuestro mismo camino, es más, se hace alimento, el verdadero alimento que sostiene nuestra vida también en los momentos en los que el camino se hace duro.

Pidamos al Señor para que la participación en la Eucaristía nos provoque siempre: a seguir al Señor cada día, a ser instrumentos de comunión, a compartir con Él y con nuestro prójimo lo que somos.