Evangelio según San Marcos 16,15-20

Una semana antes de Pentecostés, la Iglesia eleva sus ojos al cielo para contemplar y celebrar la solemnidad de la Ascensión del Señor. En este contexto, las lecturas del día, nos ofrecen unas claves para comprender el encuentro definitivo con el Señor, y el compromiso en la sociedad y en la Iglesia. La Ascensión del Señor es una importante manifestación, y el comienzo de una nueva etapa. Es una manifestación porque es la última aparición de Jesús resucitado a sus discípulos, y es el comienzo de una nueva etapa. Termina la presencia visible de Jesús entre nosotros y comienza la de su presencia invisible pero real.

Los Evangelios hablan poco de la Ascensión: Mateo y Juan terminan el relato con las apariciones de Jesús después de la Resurrección. Lucas le da más amplitud, especialmente en los Hechos de los Apóstoles y Marcos le dedica la última parte de su evangelio. Esta “subida” de Jesús a los Cielos, representa la culminación de la obra de la salvación en favor nuestro y nos capacita para “llegar” al cielo y entrar en la plena comunión de amor con Dios. Jesús, asciende al cielo para ocupar el lugar que le pertenece, pero también para prepararnos allí, un lugar a su lado. La muerte ha sido vencida, por lo tanto, “irse al cielo” o “al paraíso” significa ir a estar con Cristo. “Voy a prepararles un lugar (…) para que donde Yo esté estén también ustedes” (Jn 14,2-3). Los apóstoles, no se sintieron abandonados, pero necesitaron de un periodo de adaptación a la nueva forma de presencia de Jesús, sólo perceptible por la fe. De una forma de percepción sensible hubieron de cambiar a una experiencia interior. El evangelio de Marcos concluye con una anotación en la que se da cuenta de la fidelidad con la que los apóstoles cumplieron el último mandato del Señor: “Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba la palabra con los signos que los acompañaban” (Mc 16,20).

Con la Ascensión se inaugura también, el tiempo de la Iglesia, que es el tiempo del testimonio y del empeño. Este acontecimiento que hoy celebramos, nos anima a fijar también nuestros ojos en esta tierra por la que peregrinamos y en la que se desarrolla el combate entre la fe y la incredulidad, entre la justicia del Reino y el egoísmo humano, en todas las esferas de la vida personal y social. Nuestra mirada está animada por la fe y sostenida por la esperanza, y la fe sólo se conserva cuando se comunica, y la esperanza sólo se mantiene cuando se contagia y nos lleva a la acción. Pidamos, al Señor Jesús, en la solemnidad de su Ascensión a los cielos poder mirar a lo alto para contemplar su gloria y llenarnos de gozo y esperanza, pero también poder mirar a esta tierra en la que habitamos y a la que Él nos envía a evangelizar para hacerlo presente allí donde aún no lo conocen, y descubrirlo vivo allí donde menos imaginamos que Él también está. Sabemos que el Señor, va con nosotros y mantiene viva en nuestro corazón la llama del deseo. Cuando nuestra fe vacile, pidamos al Señor resucitado que tenga a bien concedernos la gracia de un encuentro personal con Él para dar fruto y seguir edificando su Reino.