Lc. 24, 1 – 12

En este día la Iglesia toda admira y contempla el misterio de la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

Es de esperar que, como a las mujeres, este Misterio nos desconcierte, nos deje sin palabras y nos invite, simplemente a confiar en que Jesús ya no se encuentra entre los muertos, sino que ha Resucitado, Vive y está en medio nuestro, presente entre nosotros.

Este Jesús Resucitado viene a nosotros a traernos la esperanza de la vida eterna. Viene a anunciarnos que, tomados de su mano, siguiendo sus pasos, es posible quitar del camino las piedras del sepulcro de nuestras vidas, las piedras que se presentan en nuestro transitar por esta vida. Hemos escuchado muchas veces decir que “la fe mueve montañas”, y esto es completamente cierto, como lo es también el hecho de que no hay dificultad, problema o circunstancia, no hay piedra, que no podamos sortear, confiándonos en Jesús.

Abrazar, por la fe, el misterio de la Resurrección de nuestro Señor y contemplarlo como aquel que venció a la muerte, no significa vivir una vida sin dificultades, sin limitaciones, sin las mismas complicaciones que podemos padecer todos los mortales. Por el contrario, abrazar a este Jesús resucitado, implica poder avanzar en el camino sabiendo que nuestro gozo no está puesto en los bienes, en las victorias que obtengamos en la vida en este mundo, sino que nuestra esperanza está puesta en aquella vida celestial, desbordante de gozo y plenitud que nos espera al final de nuestra vida terrena.

La misión de todo bautizado es la de ir por el mundo y anunciar la Buena Nueva del Señor. En otras palabras, ser testigos de la presencia de Jesús en el mundo y dar testimonio de su amor. Así todo, muchas veces pensamos que para cumplir este objetivo, esta misión de ser anunciadores es necesario ir a misionar a un lugar lejano. Y nos olvidamos que este “ser anunciadores de la Buena Nueva” no es más que dar testimonio del amor de Jesús que se manifiesta hoy entre los hombres en este tiempo, en esta era. De hacerlo, puede que nos ocurra como a las mujeres que, al ir a contarles a los discípulos lo que les había pasado y lo que habían visto, no le creyeron. Y es justamente aquí donde, nuevamente, la fe, la esperanza puesta en nuestro Señor debe hablar por sí misma: no bajando los brazos, no dejándonos vencer ante la negativa, no permitiendo que nuestro corazón se cierre y este Jesús que debe ser anunciado a todos, se quede sólo en una devoción personal.

Si no nos damos por vencidos, siempre habrá un Pedro a quien el Señor le mueva el corazón y lo ponga en camino. Siempre habrá un nuevo discípulo a quien el Espíritu Santo lo conmueva y lo haga ponerse en pie para anunciar –junto a nosotros, o por nuevos rumbos– a este Jesús Resucitado que día a día, en cada Eucaristía, vuelve a entregar su vida a la muerte en la cruz por nosotros, para la remisión de nuestros pecados, siendo resucitado por la gracia de Dios y corriendo las piedras de nuestro camino, anunciándonos una vida nueva y eterna, en el gozo y la plenitud que sólo su compañía nos puede brindar.

Pidamos en este día a la Virgen María, a aquella que sufrió con la muerte de su Hijo y se llenó de gozo con su resurrección, que guie nuestros pasos y nos lleve a encontrarnos con su Hijo, haciéndonos partícipes de las gracias que ella misma experimenta, por estar junto a él, en el reino de los cielos.