Si Jesús está sentado con fariseos, es porque pone en primer lugar la persona, más allá de lo que hacen o piensan. Jesús tiene delante a quienes “a pesar de todo” están llamados a la metanoia (conversión) y vivir la vida del Reino de Dios.

Hermanos y hermanas ¡Muy buen domingo!

Nos encontramos nuevamente en domingo para dejarnos encontrar por la Palabra del Señor. Palabra viva que, abriéndole paso, irá entrando a nuestro corazón y vida como Buena Noticia, como agua para nuestra sed, como esperanza para nuestro andar –muchas veces cansado–, como amor que nos une con Dios y con nuestros hermanos/as haciéndonos familia.

Durante los domingos del tiempo durante año, cuyo color litúrgico es el verde, la Iglesia nos propone los evangelios que relatan la vida pública de Jesús. Por lo que nos encontramos con Jesús que camina las ciudades, cura a los enfermos, libera a los oprimidos, da una buena noticia a los pobres, se encuentra con multitudes, sectores sociales, políticos y religiosos, como así también con cada persona en su individualidad. En definitiva, estos domingos, como el de hoy, nos encontramos cara a cara con Jesús y su misión: anunciar a todos, sin distinción, el Reino de Dios. Y ¿Cuál es el Reino de Dios? Jesús dirá que es la misericordia, la fidelidad del Señor, la justicia, la paz.

En el evangelio de hoy Jesús va a comer a casa de fariseos, hombres que pertenecían a un grupo de judíos que observaban estrictamente la Ley, sus preceptos y mandatos, haciendo de la fe un mero cumplimiento y no un encuentro con el Señor.

Pero, en el encuentro de Jesús con los fariseos brota un tesoro que nos interpela, y en él, dos detalles que no podemos dejar pasar por alto: Jesús está sentado a la mesa, por un lado, y con fariseos, por otro. Aludiendo al primer detalle, contemplemos al Señor en lo ordinario de la vida cotidiana. Que hermoso es saber que Jesús “anda en la de todos los días”. De manera que seguimos al Maestro que no solo tocó la vida, sino que se metió en ella, y allí fue anunciando la Buena Noticia. Contemplemos la vida sencilla del Señor.

En relación al segundo detalle, nos detengamos a contemplar este Jesús sentado con los fariseos. En otros pasajes muchos dirán “se junta con fariseos, se junta con pecadores” (Mc 2, 16). Parecido a la fragilidad nuestra que muchas veces se nos puede filtrar al decir “mira las juntas que tiene… ¡estos son santos… aquellos no tienen destino!”. Sabemos que el Señor no comparte ni soporta el fariseísmo: señalar con el dedo, juzgar, poner cargas sobre otros, vivir una fe y una vida superficial, preocuparnos demasiado por si cumplimos tal cosa o no de la religión, antes de reconocer que Dios nos primerea (en palabras de Francisco) con su ternura y misericordia. Pero si Jesús está sentado con ellos, es porque pone en primer lugar la persona, más allá de lo que hacen o piensan. Jesús tiene delante a quienes “a pesar de todo” están llamados a la metanoia (conversión) y vivir la vida del Reino de Dios.

El Señor es para todos. Pidamos hoy la gracia de no ser aduana de la alegría de ser de Jesús, sino canal para que todas las personas se encuentren con el Señor. Aquí también estamos invitados a contemplar y rezar con la sencillez con la que vive Jesús. Su modo de proceder, lo haremos carne si primero estamos con él, aprendemos de él, dejamos hacer experiencia de todo esto en nuestra propia vida… eso es vivir la sencillez y la humildad.

Que María nuestra Madre, que sabe de acoger a todos en su Corazón, nos alcance este domingo la gracia de ser personas que nos dejemos impregnar por la sencillez de Jesús. La sencillez de una mesa compartida, en la que estén todos y todas, compartiendo la vida en fe, esperanza, servicio y amor.