Conocí a Monseñor E. Angelelli cuando tenía 5 años y él era vicario parroquial de la Pquia.  San José a la que yo pertenecía. Acababa de llegar de Roma en donde había estudiado y realizado su licencia de Derecho Canónico.

¿Qué es lo que más me impactaba de su personalidad?

Su alegría contagiosa, su sonrisa siempre a flor de labios, su capacidad de relacionarse con la gente. Cuando saludaba a algunas personas, parecía que las conocía desde siempre. Todos nos sentíamos acogidos por su simpatía y su cercanía.

En ese tiempo trabajaba en la JOC (Juventud Obrera Católica); era la rama obrera de la ACA. Sentía una notable inclinación hacia los trabajadores a los que quería mucho. Escribía en la revista Notas de Pastoral Jocista, que era un órgano de comunicación que la iglesia mantenía con la clase trabajadora.

Lo seguí tratando por algunos años hasta que comencé a experimentar el deseo de ser sacerdote. En ese tiempo era delegado de los aspirantes de Acción Católica de la parroquia de Alto Alberdi. Fui una tarde al hogar sacerdotal a conversar con él y entre mate y mate fueron pasando las horas. Estuve toda la tarde. Al regresar a mi casa, experimenté en el interior de mi corazón que Dios me quería sacerdote, sentí una inmensa alegría. Su charla realmente me contagió. El sacerdocio en el «pelado», como cariñosamente lo llamábamos, se lo percibía, por así decirlo , a flor de piel.

Era un hombre religioso pero bien normal. No había en él nada extraño ni que saliera de lo normal. Su piedad era muy viril e intensa.

Con los años lo seguí tratando. Ingresé al Seminario y de vez en cuando  nos visitaba. En este tiempo íbamos al seminario menor para estudiar latín y griego.

Al ingresar al Seminario Mayor, Angelelli solía viitarnos y nos alentaba mucho. Verlo infundía esperanza y confianza. Cuando ingresé a Teología, lo tuve como profesor de Derecho Canónico en primer año. En esa ocasión solía contarnos sus experiencias apostólicas con la gente más pobre. Trabajaba en ese entonces por la mañana en el Tribunal Eclesiástico y por la tarde se dedicaba a las tareas apostólicas que le lleaban la vida.

Nos admiraba su celo por llevar a Cristo a la gente. No perdía ocasión de anunciar el Evangelio, porque encontraba en él, una opción plena y total para la vida del hombre. Siempre su predilección era por los más pobres y humildes. Seguía trabajando en la JOC y siempre se prestaba a acompañar a los sacerdotes que lo necesitaban en sus parroquias.

Cuando estaba terminando tercero de teología lo hicieron Obispo Auxiliar de Córdoba; tenía 37 años. El entusiasmo de la gente y del clero con su nombramiento fue extraordinario. En su consagración episcopal realizada en la Catedral de Córdoba, colmada de trabajadores, de mucha gennte y de sacerdotes, se vivió un momento de fiesta realmente inolvidable. Su trabajo como Obispo Auxiliar fue excelente. Visitaba las parroquias, a los sacerdotes y seguía siempre muy cerca de los más pobres. Atendía el Servicio Sacerdotal de Urgencia, se metía en todos los barrios de la ciudad, su actividad era increíble, pero siempre buscaba hablar a la gente del Evangelio.

Sus inquietudes sociales por los más humildes, comenzaron a engendrerle no pocas dificultades. Se mantuvo valiente y firme en su testimonio. Estaba muy cerca de los sacerdotes a los que apoyaba con valentía y los exhortaba a estar siempre cercanos a la gente, a las familias y a los más humildes. Era notable mente querido por la mayoría de los sacerdotes y logró unirlos entre sí.

Cuando yo terminaba la teología y me ordenaba de diácono, el Arzobispo lo hizo Rector del Seminario. Allí lo conocí con mayor profundidad. Nos exhortaba a los seminaristas a vivir intensamente nuestra vocación y a amar intensamente la tarea apostólica. Me acuerdo que nos decía permanentemente: «Cuando el Obispo los envíe a una parroquia, quieran mucho a la gente, porque es la manera de evangelizar auténticamente…». Nos contaba con intensidad sus tareas apostólicas como Obispo en las parroquias; pude acompañarlo como diácono en la toma de posesión de algunos párrocos.

Sus homilías eran largas, se dirigía a todas las personas: niños, jóvenes y adultos. Nadie se cansaba de escucharlo porque su lenguaje era sencillo y muy simple, siempre se se ponía en el lugar de aquellos que estaban más aleados de la práctica religiosa, o asistían a la iglesia sólo de vez en cuando, y de esta manera llegaba a todos.

En mis charlas personales con él pude areciar la extraordinaria capacidad sacerdotal y el cariño profundo que tenía por su vocación. Nos quería mucho y nos lo manifestaba. Antes de irnos de vacaciones nos recomendaba que visitáramos a los párrocos y que le ofreciéramos nuestra colaboración. Yo siempre salía entusiasmado de esas charlas y con muchas ganas de ser cura. Una semana antes de mi ordenación, que fue el 15 de agosto, tuve una larga conversación que me animó a dar con entusiasmo el paso decisivo de mi vida. Nos brindaba siempre mucha confianza en el Señor y nos pedía generosidad en la entrega. «Muchachos -nos decía- el cura tiene que darle a Dios toda su vida, para servir a Cristo y a la gente. No se cansen nunca de anunciar el Evangelio.» Nos exhortaba a predicar con entusiasmo y sencillez la Palabra de Dios y dar testimonio con nuestra vida.

Siendo ya sacerdote y vicario parroquial lo visitaba con frecuencia y le pedí que fuera mi confesor y director espiritual. ¡Cuánto agradezco a Dios esta decisión! Me acompañó con mucho cariño pero con firmeza. Frente a los planteos que le hacía, solía esbozar una sonrisa y después procuraba que yo aterrizara lo que había aprendido en el seminario. Cuando celebraba con él el sacrmento de la reconciliación, salía reconfortado, me hacía experimentar el amor misericordioso de Dios y eso me alentaba aseguir adelante.

Cuando tuvo que enfrentar serias dificultades por su actitud siempre constante de compromiso con los más pobres, lo hizo con firmeza y con una gran cofianza en la fuerza que le daba su intensa espiritualidad apostólica.

Fue decisivo en  sus compromisos como Obispo, el acontecimiento del Concilio Vaticano II y de Medellín. Nos entusiasmaba cuando regresaba de las sesiones conciliares de las que participaba. Difundía la doctina conciliar con gran entusiasmo. En el Seminario comentábamos que era un pastor que había encontrado en el concilio lo que él buscaba.

Proponía la Palabra de Dios iluminando toda la existencia del hombre. Para él el mensaje evangélico transmitía una vida que iluminaba al hombre y le concedía una libertad total. No había ningún momento de la existencia humana, que no necesitara de la iluminación continua del Evangelio. En esta tarea, los pobres y los más humildes ocupaban un lugar preferencial. Cuando los trasladaron a  a La Rioaja fue con el mismo etusiasmo de siempre.

Algunos curas riojanos me comentaban que inmediatamente se adaptó a la cultura; al año era un riojano más y hablaba su lenguaje. En su homilía de inauguración de su ministerio riojano trazó con toda claridad su propuesta pastoral que después trabajó con todos los sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos.

Para él la iglesia era una familia y con ese modelo eclesial trabajó durante toda su vida. Amaba a la gente y luchaba por la justicia, buscó hasta entregar su vida, para que los riojanos fueran respetados en su dignidad. Decía que no podía predicar la resignación. Encontró en la propuesta del Evangelio el camino de una promoción integral del hombre. Una viejita me decía en su velorio: «este padre nos enseñó que nos debían tratar como personas». Supo entregar su vida por la causa del Evangelio hasta sus últimas consecuencias.

Angelelli tenía una gran confianza en Dios y esto lo alentaba en su camino evangelizador. En varias oportunidadesque venía a Córdoba pude entrevistarme con él, y a pesar de las dificultades que estaba viviendo, nunca advertí en él ningún resentimiento, siempre lo sostenía una gran esperanza en la misión que el Señor le había encomentdado. Esta experiencia parsonal me acompañó y aún hoy me acompaña.

Particularmente en los momentos más difíciles de mi vda me ayudó mucho a mantener mi fidelidad a la Palabra del Señor. Apredía mucho de él. Siempre me sentí incapaz de imitarlo totalmente. Era un hombre dotado de un carisma muy especial, con un don de gente poco común y con un entusiasmo apostólico envidiable. Yo siempre pensé que nació para ser obiso como nos lo propone el Vaticano II… y lo fue notablemente.

Siempre agradeceré a Dios que lo haya puesto en mi camino. Es para mí un modelo sacerdotal que nunca olvidaré. En los momentos difíciles de mi camino sacerdotal, pensar en él y evocar su figura, contribuyó mucho a mi fidelidad.

Una confidencia final: nunca pude rezar por su eterno descanso, antes bien, siempre solicité su intercesión ante Dios porque estoy seguro de que goza hoy de la felicidad sin fin que Dios tiene reservada a sus servidores fieles.

Mons. José Ángel Rovai


Publicado en: Boletín Lauretano N° 65 | Año XCI. – «A 30 años de la muerte de Mons. Agelelli». Diciembre de 2006.