Nos unimos a la celebración de la fiesta en honor de la Beata Madre Catalina de María Rodríguez, brillante mujer cordobesa que sintió desde muy joven el llamado de Dios a la santidad y que se esforzó en responder a generosamente al Señor tanto en su vida laical como esposa, madre y viuda; y finalmente como religiosa, fundando en Córdoba la primera Congregación argentina de vida apostólica, las Hermanas Esclavas del Corazón de Jesús.

En su deseo de socorrer a las niñas y mujeres, educándolas para una vida cristiana plena, colaborando en la participación de muchas personas en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio y misionando a donde fuera necesario para expandir el Mensaje del Evangelio, la Madre Catalina identificada profundamente con el carisma ignaciano, buscó la colaboración de los jesuitas, especialmente del P. José Bustamante. No obstante esto, queremos mencionar a tres sacerdotes del Clero secular de Córdoba que le brindaron especial apoyo.

En primer lugar, el Padre David Luque, oriundo de Villa del Rosario, formado en nuestro Seminario, Doctor en Teología y Derecho Canónico por la Universidad y Canónigo de la Catedral de Córdoba, quien ocupó un lugar muy importante en el proceso de nacimiento y expansión del Instituto fundado por la Madre Catalina; fue su Director Espiritual y  principal referente en la marcha de la naciente Congregación, hasta el punto que la Madre Catalina logró que la Curia concediera a David Luque el título de Fundador de la Congregación. En sus Memorias, la Madre Catalina señala: “Nosotras queríamos darle el título de Padre y Fundador, pues en realidad lo era y pesaba sobre sus hombros toda la responsabilidad desde que había aceptado la misión de Director de la obra. Pero como él no lo permitía, decidimos presentarle al Vicario Gobernador del Obispado una carta con este pedido. Allí expresábamos que, desde hacía mucho tiempo deseábamos las Esclavas del Corazón de Jesús, Hijas espirituales del P. David Luque, darle el título de Padre y Fundador por haber sido el elegido por Dios para dar vida a esta Congregación; carga que aceptó a pesar de sus innumerables ocupaciones”. No obstante, este nombramiento, en una carta que el P. Luque escribió años después, él afirmaba que solamente fue un encargado para dirigir la obra; y que los verdaderos Fundadores eran el P. Bustamante y la Madre Catalina. Años después, al enfermar gravemente, P. Luque atravesó la prueba de sentirse profundamente desolado: “Él, que siempre había disipado las tinieblas en el espíritu de tanta gente y que había sido luz para otras almas, que había desvanecido tantos temores en sus dirigidos, que había llevado una vida de fecunda labor, ahora experimentaba un gran sentimiento de inutilidad. Todo esto había llevado al P. Luque a un estado de sufrimiento, desolación y casi de muerte”. En estas difíciles circunstancias, la Madre Catalina lo alentó a confiar en el amor misericordioso del Señor. Como hermana y madre, acompañó y sostuvo en la fe, a este sacerdote que tanto la había ayudado en su vocación y en el nacimiento de la Congregación.

Otro sacerdote con quien la Madre Catalina estuvo en contacto fue el Santo Cura Brochero quien pidió a la Fundadora que enviara un grupo de Hermanas para atender a los centenares de personas que asistían a la Casa de Ejercicios en Villa del Tránsito y para que las Esclavas asumieran la conducción del Colegio de Niñas que, el Cura junto con la gente, habían levantado en Traslasierra. Tiempo después, con el fin de hacer posible la visita de la Madre Catalina a sus Hijas, Brochero abrió un camino carretero desde Soto hasta Villa del Tránsito. Así, en 1887, la Fundadora pudo viajar en un coche tirado por caballos y conoció de cerca la obra que las Esclavas estaban haciendo en aquellos lugares: “Al llegar la Madre Catalina, fue indecible el gozo y entusiasmo de la Comunidad y de la población. Se habían levantado arcos de triunfo y el Cura Brochero gritaba ‘vivas’ a la Madre y le hacía eco la población; las campanas se echaron a vuelo y se entonó un solemne Te Deum en acción de gracias”. Su visita fue muy importante porque había ciertas tensiones humanas entre el P. Brochero y algunas religiosas: “La Madre fue y le dio las explicaciones necesarias al Padre Brochero y también le pidió a la Comunidad de las Hermanas que no guardaran rencor o mal ánimo, sino que debía rezar siempre por él”.

Finalmente queremos mencionar al P. Pablo Cabrera que recibió su formación sacerdotal también en nuestro Seminario. Obtuvo la Licenciatura en Teología y fue Párroco de Nuestra Señora del Pilar en la ciudad de Córdoba. Se destacó especialmente por sus numerosas investigaciones históricas hasta el punto de que la Universidad de Córdoba creó para él la cátedra de Etnografía Indígena Argentina, y le otorgó el título de Doctor honoris causa como reconocimiento a sus trabajos. Fue durante muchos años capellán de la Casa Madre de las Esclavas y acompañó a la Madre Catalina –junto con las Hermanas Ana de la Cruz Moyano y María del Tránsito Gutiérrez- en su viaje al Vaticano para tramitar el reconocimiento pontificio de la Congregación. Participó de cerca de la profunda emoción espiritual de la Madre Catalina al visitar los templos de Roma y muy especialmente en su visita al Santuario de la Virgen de Loreto: “Sobrepasa a todo lo dicho la visita a la Santa Casa de Loreto. El 25 de febrero tomamos el tren para Loreto y al llegar, subimos a un carruaje que nos llevó al hotel en donde presuntamente íbamos a alojarnos, pero nos engañaron llevándonos a otro hospedaje muy malo; entonces el P. Cabrera decidió alquilar un carro cargado de paja a un campesino y así entramos en Loreto. Y esto nos hizo meditar en la entrada de Jesucristo el Domingo de Ramos montado en un burro, aunque en nuestro caso no había ni vivas ni hosannas”. Pablo Cabrera tuvo el privilegio de acompañar espiritualmente a la Madre Catalina en los últimos momentos de su vida: “A las 2 p.m. del Sábado Santo, el P. Mercado, acompañado por el Capellán P. Pablo Cabrera, le dio el Viático con la asistencia de toda la comunidad y de las novicias. Hizo la Profesión de Fe de un modo que llamó la atención por la entereza con que respondía a los artículos del Credo, acompañando cada ‘Sí creo’ con un movimiento de cabeza afirmativo, muy marcado y expresivo. Luego, con voz clara y sonora, pronunció la fórmula de los Votos y después de la Comunión se le oyó repetir: ‘¡Qué tesoros y gracias he recibido!’ El Domingo de Pascua, como a las 7 y ½ p.m. entró el P. Pablo Cabrera y empezó la Recomendación del alma. Se llamó a comunidad y todas, profesas y novicias, rodearon el lecho. La Madre Catalina, tenía los ojos cerrados, su rostro apacible y tranquilo, con el Crucifijo sobre el corazón. Todas rezaban y lloraban en respetuoso silencio y las niñas oraban en la Capilla. Se oyó la campana y, un momento después, entregó su preciosa alma al Señor, el día de Pascua de Resurrección, domingo 5 de abril de 1896, a las 8 p.m.”.

Como Seminario, estamos orgullosos de estos virtuosos sacerdotes formados en nuestra Casa, que colaboraron sacerdotalmente con la obra y misión que el Señor confió a la Beata Madre Catalina de María Rodríguez. Que ella interceda por todos nosotros y nos cuide desde el Cielo.