Jesús llamó a algunos “para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar” (Mc 3, 14). La vocación apostólica, la vocación presbiteral es como una continuación de esa llamada de Jesús en este tiempo de la Iglesia y en nuestras vidas de discípulos.

El presbítero, signo vivo de Jesús Buen Pastor, lo hace presente en su entrega para la salvación del mundo, prolonga sus gestos de caridad y anuncia su Palabra a la comunidad creyente y a todo hombre.

El presbítero, en nombre de la Iglesia, ofrece sacerdotalmente, por Jesucristo, en el Espíritu Santo, los dones y oraciones al Padre.

El presbítero acompaña el caminar de la comunidad, desde el carisma del discernimiento, para que ella siga los pasos de su Señor y su Maestro, Jesús, y manifieste con su vida la verdad del Evangelio.

El llamado y la respuesta

Como sucedió con los primeros discípulos, un día pasó Jesús cerca de nosotros, y alguien, hermano nuestro en la Iglesia, nos dijo: “Éste es el cordero de Dios” (Cfr. Jn. 1, 29.36). Algo hizo que lo siguiéramos y quisiéramos estar con él para conocerlo. Nos impresionó su modo de ser, de hablar, de actuar con las personas. Nos pareció que algo nuevo era posible. Por eso nos quedamos, y nos hicimos discípulos suyos.

Como a aquellos discípulos de Galilea, Jesús nos fue enseñando por su Palabra, su entrega pascual en la Eucaristía, y por el testimonio de tantos en la Iglesia. Nos invitó a convertir el corazón para mirar la realidad, las situaciones de los hombres y mujeres, reconociendo en ellas la llamada del Padre, que nos pide amar, dejar nuestras miradas egocéntricas, y salir a anunciar, junto con nuestros hermanos, la vida nueva que brota de la Pascua.

Nuestra respuesta es siempre limitada y pobre ante la misión que se nos ha confiado, pero el testimonio del apóstol Pablo nos alienta a seguir, confiados en la gracia de Dios, por Jesucristo (cfr. 2 Co. 12, 9). Y aunque cada día pedimos convertir nuevamente el corazón a Jesús, no nos desanimamos, ni por nuestra pobre respuesta, ni por la amplitud de la misión.

Presbíteros diocesanos seculares

Nuestra llamada nos envía a hacer presente a Jesús desde, en, con y para nuestra Iglesia particular, con ardor y aliento misionero. Somos sacerdotes para el Pueblo de Dios que peregrina en la Arquidiócesis de Córdoba, abiertos y disponibles a las necesidades de toda la Iglesia. Nuestro ministerio se realiza de tantas formas como nuestro obispo y las necesidades pastorales de la comunidad eclesial nos lo pidan.

Según nuestra vocación y misión, buscamos configurar nuestro corazón con el de Jesús, disponibles a la voluntad del Padre, para hacer presente su amor por el mundo, en las más diversas situaciones en las que los miembros del Pueblo de Dios comprometen su vida en la construcción del Reino.

Forma parte de nuestro llamado, el esfuerzo por discernir los signos de los tiempos, para reconocer el paso de Dios en nuestra historia, y secundar su obra redentora en medio nuestro.

Lo hacemos, sobre todo, desde el servicio evangelizador en las parroquias; pero también lo hacemos desde la educación, los medios de comunicación social, la caridad organizada, la reflexión y acción social, y muchos otros modos; siempre en comunión con nuestro obispo, con los otros presbíteros, con los religiosos y religiosas, con los laicos, sabiéndonos discípulos todos del mismo Señor, y enviados a la misma misión.