En la formación inicial para el ministerio apostólico, la dimensión espiritual es el centro vital que unifica y vivifica toda la experiencia del seguimiento de Jesús quien “llamó a los que él quiso […] para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar” (Mc 3,13).

Es por eso que la vida espiritual del Seminario está marcada por estos dos elementos esenciales de la relación con Jesús: la amistad con él y la misión. Es decir “discípulos-misioneros” (cfr. Documento de Aparecida, en adelante: DA). Si bien estas características son comunes a la condición de todo bautizado, en el llamado al sacerdocio ministerial asumen unas connotaciones únicas dadas por la particularidad del carisma propio. El sacerdote “es enviado por el Padre, por medio de Jesucristo, con el cual, como Cabeza y Pastor de su pueblo se configura de un modo especial para vivir y actuar con la fuerza del Espíritu Santo al servicio de la Iglesia y por la salvación del mundo” (PDV 12a. b).

La vida espiritual en el Seminario procura encuadrarse dentro de las siguientes orientaciones:

Comunidad educativa en camino: el Seminario más que un contexto físico es un ámbito comunitario en el cual, quienes lo formamos, realizamos la experiencia inicial de “aprender a aprender” qué significa seguir a Jesús en la vocación sacerdotal. Por eso la vida espiritual está marcada por el pulso de la Iglesia local y tiene como modelo la dinámica encarnatoria.

Espiritualidad de Comunión: una comunidad educativa en camino, alentada por la recepción del don de la comunión a imagen de la misma Trinidad, y ejercitado en las relaciones fraternas como respuesta agradecida y responsable, cultivando la “capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como «uno que me pertenece» (NMI 43).

Espiritualidad discipular-misionera: seguir a Jesús es el centro de nuestro interés, conocerlo, intimar con Él, tratar de amistad. Es lo mejor que nos pasó en la vida, es nuestro tesoro (cfr. DA 29). Por eso, darlo a conocer, concentra nuestro esfuerzo y creatividad, al mismo tiempo que es la fuente de nuestra alegría.

Dimensión Mariana: desde el inicio de la formación aprendemos a conocer y querer a María, la Virgen, nuestra madre. En su advocación de Nuestra Señora de Loreto, reconocemos su predilección e intercesión por nuestra comunidad. Sabemos que “sobre su regazo el Hijo de Dios aprendió a ser hombre de una humilde condición”, y en nosotros se forma un corazón sacerdotal.

Para sostener y crecer en la vida espiritual, en el Seminario nos valemos de algunos medios:

Oración diaria: fundamental para crecer en amistad con quien sabemos que nos ama. Participamos de la oración litúrgica con Cristo por toda la Iglesia. A su vez necesitamos dedicar tiempos personales para la oración, pero también vamos aprendiendo a llevar una “vida orante”.

Eucaristía diaria: es el centro de nuestra jornada. Es la acción de gracias por excelencia. Es la fuente de donde brotan las fuerzas para nuestra vida, al mismo tiempo que es la cumbre a la cual llevamos la ofrenda del día. Es el encuentro con el Amigo, el Señor, y con los hermanos, con cada hermano que también ha recorrido la senda del camino diario buscando el querer de Dios.

Adoración eucarística semanal: a los pies del Maestro, presente en la eucaristía, cultivamos la amistad con él y lo reconocemos como nuestro Dios y Señor.

Encuentro con la Palabra:

Lectio divina personal diaria, porque en la Palabra de Dios reconocemos nuestra vocación matinal que marca el camino de cada jornada. Al caer la tarde nos sale nuevamente al encuentro como amiga que nos invita a revisar nuestro corazón.

También compartimos un espacio de lectio divina comunitaria semanal. La escucha de la resonancia de la Palabra en el hermano, a la vez que el compartir la propia, nos ayuda a  descubrirnos una comunidad en camino.

Retiros espirituales mensuales, días de desierto y, ejercicios espirituales anuales:

Los seminaristas participan de cuatro retiros espirituales de un día en el año. En un espacio adecuado, con temáticas apropiadas para cada etapa formativa, se busca profundizar en la experiencia de la escucha de la voz de Dios.

A su vez también de disponen durante el año un par de días de “desierto”. En la misma casa donde se reside, se busca profundizar el clima de silencio para agudizar la experiencia de encuentro con Dios que habla en lo cotidiano.

Los ejercicios espirituales anuales, de una semana, son un tiempo “consagrado” especialmente para la oración. En los mismos, “Dios pasa”, llama, consuela, invita, exhorta. Con la ayuda de un predicador, aprendemos a responder: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”.

Acompañamiento espiritual: cada seminarista elige un director espiritual de entre los nombrados por el Obispo, quien lo acompaña en el discernimiento de la voz de Dios para su vida y en el crecimiento de la vida espiritual. Los actuales directores espirituales son:

Pbro. Carlos Ponza; Pbro. Alejandro Nicola; Pbro. Roberto Giardino; Pbro. Javier Soteras; Pbro. Gustavo Cúneo; Pbro. Román Balossino; Pbro. Néstor Fornara; Pbro. Juan Carlos Angolani