Desde la riqueza y variedad de dones construimos la Comunidad. Desde la  perspectiva trinitaria podemos presentar la experiencia de lo comunitario en el Seminario. Esta vida se enriquece con la diversidad de experiencias que cada uno, seminaristas, sacerdotes, consagrados y laicos, aporta a esta vivencia. Como dice  Juan Pablo II en referencia al Seminario: “antes que ser  un lugar o un espacio, debe ser un ambiente espiritual, un itinerario de vida, una atmósfera que favorezca y asegure un proceso formativo”(PDV42). Este es el ambiente que cada uno estamos llamados a construir, con el aporte de los dones y talentos que el Señor nos ha regalado.

Nos imaginamos la vida comunitaria como el camino que hicieron los discípulos de Emaús con Jesús: es Él quien se pone a nuestro lado y va de camino, abriendo su corazón para que arda el nuestro. Este ardor lo sentimos juntos y en  comunidad, viviendo las alegrías y tristezas, los éxitos y fracasos; compartiendo en la convivencia de todos los días, integrando nuestras riquezas y limitaciones. Nuestra vida se va nutriendo también con la Parroquia, con la realidad que nuestro país y el mundo viven, con la Iglesia; porque esos son los lugares en donde también podemos expresar la alegría de seguir a Jesús.

Esta experiencia de vida comunitaria es dejarnos sorprender por aquellas situaciones de la vida que nos toman de improvisto, es disfrutar de los encuentros de oración con la Palabra, de los retiros mensuales, de los Ejercicios Espirituales , de los días de convivencias por etapas, de los distintos espacios en donde como comunidad del Seminario nos reunimos, del acompañamiento formativo, de las clases, de los momentos de encuentro con los distintos agentes pastorales, de las visitas a hogares, del acompañamiento espiritual, de encuentros gratuitos, y tantos otros lugares y momentos donde Jesús amorosamente se empecina en caminar a nuestro lado.

Sergio Colmenares | Pablo Ardiles