El corazón de la comunidad formativa del Seminario es su capilla. En ella vivimos la experiencia del encuentro con el Señor y con los hermanos en la celebración de la liturgia y la oración personal y comunitaria. En los años 70, a la hora de la restauración de nuestra capilla mayor del Seminario, se planteaba la dificultad de la gran dimensión del muro del ábside. Privado del antiguo retablo de mármol (quitado en la época inmediata del post-concilio), el muro necesitaba una solución estética que integrara con dignidad y belleza el nicho de la Santísima Virgen y el Sagrario con dinamismo y agilidad. Para ello el artista cordobés JULIO OJEDA, en colaboración con el artista Nestor Lallana, elaboró una concepción dinámica basada en dos centros de importancia mayor, ubicados uno encima del otro, entre los cuales se suceden, a lo largo de todo el espacio, distintos sectores autónomos.

La composición parte de la representación de la Sagrada Familia, como modelo de la actividad y de la vida del Seminario. Su concepción es tradicional y es presidida por la imagen de Cristo joven, de la edad aproximada de los principales destinatarios de la Capilla. Las tres sagradas imágenes forman un triángulo: a la izquierda María Santísima, al centro y arriba Jesús y adelante a la derecha San José. Este grupo, que constituye un centro teológico explicitado por escenas laterales, está cósmicamente asentado sobre la esfera de luz que rodea al sagrario, de donde nacen las líneas directivas que gobiernan todo el conjunto y que van a rematar en el nicho que guarda a la Santísima Virgen, en la imagen tradicional del Seminario, creando de esta forma el segundo foco de mayor interés dentro del mural.

Sobre todo el mural, figuras secundarias crean las líneas verticales que encierran la pintura en la estructura arquitectónica y evitan que las líneas del dibujo fuguen al infinito.

El Seminario, escuela de pastores, busca formar en una auténtica espiritualidad mariana. No podría educar verdaderos discípulos de Cristo si no se propusiese que los seminaristas amen y veneren con amor filial a la Santísima Virgen María, que al morir Cristo Jesús en la cruz, fue entregada como madre al discípulo. Por eso María Santísima, la Virgen de Loreto, ocupa un lugar central en la vida y en la Capilla del Seminario Mayor. La imagen escultórica de la Virgen de Loreto aparece como desvinculada de la temática desarrollada en las escenas laterales, está situada en un ámbito de gloria y como presidiendo todo el conjunto pintado y el ambiente total de la Capilla. La rodea un aura de luz que la aísla temáticamente y la destaca, a la vez que sirve de confluencia final de las líneas de la composición. Sólo dos figuras pintadas están dirigidas a la Santísima Virgen, un hombre y una mujer que simbolizan la invocación a la Madre de Dios y a su divino Hijo. Ambas figuras están en actitud de adoración y súplica y su función estética es la de cortar las espirales del dibujo (el hombre) para destacar la vertical del nicho y dar continuidad a las líneas dirigidas a la Virgen (la mujer).

Sobre la parte superior del muro y divididos por un espacio vacío, dos grupos pictóricos describen la convergencia de la creación y de la historia de la salvación hacia el misterio de Cristo y de María. A la derecha está representado Adán y su descendencia. Adán está dormido sobre un horizonte en tinieblas. Así Adán y Eva, la creación, la humanidad, enmarcan y sitúan el misterio de Cristo y María, del nuevo Adán y de la nueva Eva. A la izquierda se encuentran una serie de figuras que sintetizan y simbolizan la primera alianza: Abraham, Moisés, Isaías, etc. Es la prehistoria de la Encarnación, que también enmarca y sitúa el misterio de Cristo y María. Estas figuras están dispuestas en forma horizontal bajo la guarda que separa el mural del que ocupa el cono superior, con el objeto de encerrar la pintura en las condiciones arquitectónicas de la Capilla.

Los años de formación de un seminarista se asemejan, de muchas maneras, al largo tiempo de preparación de Jesús, desde su nacimiento hasta el bautismo de Juan. De allí que los misterios de la infancia y de Nazaret constituyen indicaciones paradigmáticas para la vida y la espiritualidad del Seminario. Más aún, cada Seminario se convierte para María Santísima en una nueva casa de Nazaret y en cada Seminario Ella reitera su amor maternal y educativo. Por eso María de Nazaret -la Virgen de Loreto- es venerada como Madre y Formadora de los futuros pastores de nuestra Iglesia de Córdoba.

Prolongando la intuición del Obispo Argandoña, que estableciera a la Virgen de Loreto como patrona del Seminario, el artista ha integrado alrededor del grupo de la Sagrada Familia distintas escenas de la vida oculta que como centros autónomos se van escalonando hasta unirse con los grupos superiores arriba mencionados, y que representan:

1)      Abajo a la izquierda, la adoración de los pastores, primera epifanía del Dios Vivo

2)      A la derecha, la presentación de Jesús en el templo con todo su mensaje de oblatividad y de sacrificio. Aparece el sacerdote levantando en sus brazos al niño Jesús y la espada que atraviesa el corazón de la Virgen

3)      En un plano más elevado, a la derecha, se ve a Jesús joven aprendiendo el oficio de su padre y dignificando así el trabajo humano

4)      A la izquierda se observa a Jesús consolando y curando a enfermos y doloridos, modelo de la caridad silenciosa y eficaz que se expresa en las obras de misericordia

5)      Inmediatamente debajo de las figuras que rodean a Adán y cerrando la serie de secuencias, Jesús con María y José orando en el templo, modelo de creyentes.

Sobre el fondo que rodea a la figura central de Cristo se ve el Gólgota como alusión al destino sacrificial del Hijo de Dios y como llamada permanente a los seminaristas para formarse en identificación con la cruz de Cristo.

En la parte inferior del mural se observa un abismo apocalíptico que se abre dividiendo el mundo en representación de lo efímero de la vida terrena y de la urgencia de una opción por Dios en el tiempo presente. En esta parte del mural se refleja la existencia actual de sus observadores, la urgencia de una decisión por Cristo. De hecho a este nivel desaparece la intensa dinámica de las figuras superiores situadas en un espacio ilimitado y cósmico. Aquí las figuras, pesadamente asentadas sobre un plano de realidad, crean la ilusión de ubicarse en un plano más cercano al nuestro, en una misma actitud de contemplación. Son figuras, a la altura y en representación de los espectadores del mural que llaman a una identificación o rechazo, según el caso. Pero, en todo caso, son figuras del tiempo presente: a la izquierda, sacerdotes y laicos en actitud de adoración, que optan decididamente por Dios; a la derecha, la dramática figura del hombre derribado y acosado por los vicios , al borde de la muerte, en busca de la luz divina. El libro simboliza una de las raíces más hondas de la crisis espiritual de nuestra época: la falsa ciencia, el olvido de Dios. Porque en el tiempo presente se encuentra también Dios presente, especialmente en la Eucaristía, centro y fuente de la vida de la Iglesia y del Seminario. Por eso, en definitiva, toda la imaginería del mural se eclipsa al centrar la atención en el Sagrario. El Sagrario está resuelto de manera que se integre plásticamente al conjunto pintado pero que también adquiera su valor propio e independiente, flotando sobre el abismo y envuelto por una esfera de luz sobre la que se asientan las figuras del grupo principal inferior. Para el Sagrario se ha recuperado la puerta de plata del antiguo altar enmarcada en un diseño de hierro que prolonga sus motivos ornamentales. El Sagrario se destaca, aún luminosamente, del mural. Porque no es imagen y evocación sino presencia sacramental y real de Jesús.