Reflexión del Evangelio del Domingo XIX del Tiempo Ordinario

Lc.12, 32 – 48.

La imagen del ladrón aparece en distintos lugares del Nuevo Testamento: si supiéramos cuándo llega el ladrón, no dejaríamos que robe. Parece extraño que Jesús mismo compare su venida con esta imagen. Sin embargo, nos habla de la actitud vigilante que es necesario tener para reconocerlo.

Jesús viene. Jesús nos visita. Jesús se nos hace presente en detalles de lo cotidiano, y no hay ningún día igual que el otro. ¡Esa es la Buena Noticia! Para poder reconocerlo es importante mantener una actitud abierta, expectante, que se deje sorprender por la realidad para descubrir en ella las huellas de su Presencia.

Se trata de ponernos en la misma “sintonía” de Dios, para captar su “frecuencia”. Afinar el oído del corazón para percibir y gustar su presencia. Para esto no hace falta nada extraordinario: simplemente hacer lo que nos toca, lo cotidiano, pero tratando de que nuestro corazón no se aparte de Él, que nuestro corazón esté anclado en el verdadero tesoro. La imagen del administrador fiel que pone Jesús nos habla de eso: hacer lo que a uno le toca. Y atentos, porque nuestro corazón fácilmente se apega a otros tesoros que no llenan.

San Agustín decía: “tengo miedo de que Jesús pase y no me dé cuenta”. Miedo, no por temor a un castigo, sino por temor a perdernos de tanto amor, tanta propuesta de vida que se nos escape. No es lo mismo una vida con Jesús, que una vida sin Él.

¡Dios nos visita! Cada acontecimiento de la vida es una nueva oportunidad para encontrarnos con su Amor, volver a sorprendernos por su gracia y su misericordia. Somos testigos de esa alegría.