El pasado 6 de diciembre se llevó a cabo el acto de colación académico de Leandro Arias, quien obtuvo en el ITeC (Instituto Teológico de Córdoba), el título de Profesor en Ciencias Sagradas. A continuación compartimos las palabras que nos dirigiera  Leandro en esa ocasión:

¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros y estamos rebosantes de alegría! (Sal 126).

Doy gracias a Dios, nuestro Padre por su grande amor para con nosotros, por su grande amor para conmigo. En estos años de formación, he recibido muchos favores de sus manos y esto me llena de alegría.

Reconozco con mucha gratitud que la formación que recibí, en su dimensión intelectual, me ha ayudado a crecer como persona, como discípulo: pude encontrarme con mis inquietudes más hondas y el Señor me ayudó a forjar el carácter, a madurar opciones, a fortalecer el ánimo, a consolidar un espíritu más humilde y a la vez crítico, abierto y responsable, a madurar en el diálogo y en el discernimiento cotidiano tratando de distinguir lo esencial de lo opinable; al mismo tiempo me ayudó a integrar también mis miedos e inseguridades, aquellos factores que han limitado mi entrega cotidiana.

Es que en el Seminario estudiamos para la vida y sobre todo para hacer crecer la vida de tantos hermanos y hermanas que el Señor nos confiará en nuestro futuro ministerio apostólico. Como dice nuestro proyecto formativo: “La formación intelectual-cultural de los futuros pastores ‘encuentra su justificación específica en la naturaleza misma del ministerio ordenado y manifiesta su urgencia actual ante el reto de la nueva evangelización’ (PDV 51a; cfr. LPNE 7). Los desafíos actuales al anuncio del Evangelio exigen un ‘excelente nivel de formación intelectual, que haga a los sacerdotes capaces de anunciar […] el inmutable Evangelio de Cristo y hacerlo creíble frente a las legítimas exigencias de la razón humana’ (PDV 51 b)” (pág. 35).

Quiero agradecer al Seminario, a la comunidad de formadores, que con firmeza, delicadeza y paciencia me han ayudado a interpretar los problemas como desafíos y los obstáculos como oportunidades inéditas para abrirme, con fe y esperanza, a la obra de Dios que siempre cuenta con mi colaboración. También a los profesores que me han ayudado a entrar en diálogo con la realidad y los pensadores de ayer y de hoy. No quiero dejar de destacar que la pasión y generosidad con la que realizan su tarea, ha estimulado en mí el deseo de hacer de mi propia vida una ofrenda a Dios al servicio de mis hermanos. Gracias a mi familia, a mis papás, que me dieron la vida, me sostienen y acompañan. Gracias a Sebastián y a Gabriela, por su dedicación y cercanía. Al Padre Guillermo y Alejando por su servicio muchas veces oculto. Y gracias a mis amigos y hermanos seminaristas, por ser parte de, esta, mi gran familia.

Los discípulos de Cristo, portadores del Espíritu Santo, tenemos plena certeza de que ya no vivimos para nosotros mismos, sino para aquel que murió y resucitó por nosotros, porque vivimos redimidos por el amor de Cristo, llamados a ejercer la reconciliación, entre nosotros y nuestros hermanos, para la vida del mundo (cfr. 1 Cor 5, 14ss).

Que Jesús, quién llevó a cabo la obra que el Padre le había encomendado mediante la donación de su propia vida, para la vida del mundo, envíe a los que convocó en torno suyo, para que continuemos con su misión llevando a cabo las mismas obras que él realizó. Amén

El Pbro. Dr. Alejandro Mingo, Secretario Académico del ITeC, también dirigió a los presentes en el acto unas palabras que compartimos a renglón seguido.

La teología como “pasión por Dios y su Reino”

Alejandro Mingo

Deseo agradecer a Leandro (Leo) la invitación para pronunciar unas palabras, a propósito de este momento especial en su biografía. Imagino que cualquiera de las y los docentes que estamos aquí lo viviría como un privilegio; también yo. En tal sentido, conciente de la responsabilidad, les propongo brevemente algunas consideraciones.

1. En primer lugar, es obvio que se trata de una colación singular. Lo es, y no solo literalmente: conferimos –eso significa colación– un grado académico, el Profesorado en Ciencias Sagradas, a un estudiante seminarista, quien ‘hace horas’ ha concluido también sus clases regulares correspondientes a la formación académica en orden al sacerdocio. Más allá de la formalidad propia de estos eventos, para nosotros es, en buena medida, el sentido de nuestra tarea. Las instituciones educativas cultivan, anhelan y cosechan en sus graduados. Confiamos que podremos verlos culminar su aventura, esperamos con “ardiente paciencia” que así sea, amamos el fruto madurado en el tiempo. Leo, tu esfuerzo y tu logro nos dignifica, nos enorgullece, nos invita a soñar. Ojalá hayas disculpado nuestras deficiencias y valorado lo que hicimos. No me equivoco si digo que en este Instituto Teológico, en este Seminario, hemos procurado una labor teologal. ¡Cuánto más en este año de transformación curricular y estructural! Sos uno de los últimos exponentes de un modelo de formación que, a mi juicio providencialmente, ha sido capaz de ‘reinventarse’ o, mejor aún, ‘universitarizarse’.

2. En segundo lugar, vuelvo a una Carta que el Obispo de Roma les dirigiera a ustedes, seminaristas, hace poco más de dos años (18.10.2010), al final del año sacerdotal. Muy probablemente casi todos, o todos ustedes la hayan leído e inclusive meditado. No es mi propósito exponerla aquí, ni la ocasión para hacerlo. Con todo, destaco de ella, por un lado, su tono autobiográfico, que la convierte en uno de esos textos que descubren, exponen a su autor.[1] Tratándose alguien como él y de su rol en la Iglesia y el mundo, hay sobrados motivos para releerla. Por otro lado, entre los siete temas a los que alude, tal vez lo recuerden, dedica un párrafo -el más extenso- al estudio. Como bien lo sabemos quienes nos hemos formado aquí, “[e]l tiempo en el seminario es también, y sobre todo, tiempo de estudio”. A continuación se refiere a “la dimensión racional e intelectual esencial” de la fe cristiana, a la importancia de la capacitación teológica para dar razones de la esperanza que nos anima (cf. 1Pe 3,15), al tesón que supone estudiar y a la conveniencia de aprovechar estos años. Después de aludir a los distintos campos de la teología y la importancia de la filosofía, los exhortaba: “amen el estudio de la teología y continúenlo con especial sensibilidad, para anclar la teología en la comunidad viva de la Iglesia”. Leo, has recibido mucho, acaso desde el punto de vista pedagógico, más que el propio Ratzinger en sus años de estudio. No dejes de amar la reflexión viviente de tu fe, que es la teología. Es un amor que nos integra, nos define, nos sitúa en la compleja trama de la vida de tanta gente creyente o no, y nos recuerda que siempre tenemos mucho que aprender.

3. Por último, a menudo recuerdo con saludable placer qué bien me hizo leer el prólogo de un manual insoslayable de la teología contemporánea. Se cumplieron, hace algunos meses, 30 años de la publicación de El Dios de Jesucristo, de Walter Kasper.[2] Entonces el autor se proponía ofrecer lo que consideraba imprescindible, a saber, que la teología fuera eclesial, científica y contemporánea. En otras palabras, que se nutra y se refiera al Pueblo de Dios en el que nace, se construyera con rigor y solidez argumental, e interactuara con los problemas del hombre de hoy. Estos serían los rasgos de una teología “más pastoral”. Acaso se sintetiza allí buena parte de nuestras pretensiones aquí. En tal sentido, lo que está sucediendo institucionalmente no es casual ni solo una solución coyuntural a un inocultable problema estructural. Revisar con gratitud crítica nuestras tradiciones, impregnarnos de pastoralidad e integrarnos eclesialmente nos exige un “plus de radicalidad científica” que estamos comprometidos a ofrecer. Ojalá podamos apasionarnos por Dios y su reino, que es “lo característico de la verdadera teología”.[3] En definitiva, de eso se trata según reza Mt 6,33: “Busquen primero el Reino de Dios y su justicia”; al intentarlo, habremos honrado y glorificado a Dios. Sólo así la teología es una ciencia sagrada.[4]


[1] En efecto, en el inicio de la carta se lee: “En diciembre de 1944, cuando me llamaron al servicio militar, el comandante de la compañía nos preguntó a cada uno qué queríamos ser en el futuro. Respondí que quería ser sacerdote católico. El subteniente replicó: Entonces tiene usted que buscarse otra cosa. En la nueva Alemania ya no hay necesidad de curas”. Y poco después: “[c]on esta carta quisiera poner de relieve -mirando también hacia atrás, a mis días en el seminario- algunos elementos importantes para estos años en los que os encontráis en camino.” Las citas en el cuerpo corresponden a esta fuente (cursiva nuestra).

[2] La primera edición en español fue publicada en ed. Sígueme, Salamanca 1985; la última (octava) en 2011.

[3] Ibid. III (nuevo Prólogo).

[4] Cf. Tomás de Aquino, STh q.1 a.3 ad 1; a.7.

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