«Es demasiado el amor que Jesús tiene por cada una de sus ovejas en particular.  Es por esto que Dios se preocupa cuando los pecadores nos perdemos y corre enseguida a buscarnos. Eso incomoda a los que se creen perfectos».

Reflexión del Evangelio del Domingo XXIV del Tiempo Ordinario

Lc.15, 1-32

¿Por qué recaemos en la murmuración cuando Jesús elige a los pecadores? ¿No refleja en nosotros la falta de amor para con el prójimo? ¿O es que queremos administrar nosotros el amor de Dios? Dejemos que Él administre su amor. Administremos nosotros nuestro amor, si queremos amar al modo de Jesús.

Para poder entender el mensaje de amor que Jesús nos quiere transmitir a través de la parábola de la oveja perdida, podemos preguntarnos: ¿a quién se le ocurriría dejar noventa y nueve ovejas para buscar solo una? Es demasiado el amor que Jesús tiene por cada una de sus ovejas en particular. Es por esto que cada una de las ovejas lo vale TODO para Él. Eso lo mueve a rescatarla, a cargarla sobre los hombros cuando la encuentra cansada y desorientada, y a compartir la alegría por haberla encontrado. Dios se preocupa cuando los pecadores nos perdemos y corre enseguida a buscarnos. Eso incomoda a los que se creen perfectos.

Lo mismo ocurre cuando nos detenemos a reflexionar acerca de la parábola de la moneda perdida. ¿Cuál es el tesoro que Dios nos invita a descubrir? ¿No sería esa moneda insignificante, desechable por lo escaso de su valor? Es por medio de estos detalles minúsculos que el Señor nos enseña, nuevamente, la importancia de aquellos a quienes no se los tiene en cuenta.

Por último, detengámonos un momento a reflexionar sobre la parábola del Hijo Prodigo. Aquí Dios se presenta como aquel que ama a sus dos hijos. ¿Quiénes son los que imponen las diferencias de este amor? ¿No son acaso los dos sus hijos? ¿Qué los diferencia a uno del otro? El mayor cree que es merecedor del amor del Padre porque cree haber hecho méritos para merecer este amor. Busca ser recompensado por sus actos, fidelidad y obediencia, mientras que la falta de su hermano debe ser penada. Su desobediencia y el actuar deshonroso que tuvo al malgastar su vida, no merece premiación, sino castigo.

El amor de Dios, Padre, no se obtiene por los méritos que hacemos o dejamos de hacer, sino que es un don gratuito, ofrecido por Dios a todos por igual, ya sean pecadores o no. Muchas veces el egoísmo, o el creernos más que otros, nos cierra la puerta a la gracia del amor de Dios, al abrazo paternal que espera por nosotros y que hace una fiesta cuando, arrepentidos, reconocemos en Él la pureza del amor.

Como buen padre amoroso que es, hace una fiesta, se alegra porque su hijo ha vuelto a Él. Y sin cuestionarle “nada”, le permite adentrarse al abismo de misericordia que brota de su corazón amante.