“Al dejarnos a María como madre, Jesús nos otorga la gracia de contar con una madre que siempre espera por nosotros, que nunca nos abandona, que está dispuesta a ayudarnos, a atender nuestras necesidades, a disponerse a la tarea asistir a todos y cada uno de sus hijos.”

Reflexión del evangelio en la Solemnidad de Nuestra Señora del Rosario del Milagro de Córdoba, patrona de la Arquidiócesis de Córdoba.

Lc.1, 39-47

Hoy, día en que, como Iglesia que peregrina en Córdoba, celebramos a la patrona de nuestra arquidiócesis: Nuestra Señora del Rosario del Milagro de Córdoba, meditamos acerca de nuestra madre celestial y medianera de todas las gracias.

Si bien sabemos que Jesús es el único mediador de las gracias que confiere nuestro buen Padre Dios, María ha sido llamada medianera de la gracia. Esto quiere decir que, quienes a ella nos encomendamos, confiamos en que llevará nuestras oraciones ante su Hijo Jesucristo, para que sea éste quien nos conceda todo el bien que necesitamos. De manera que, cuando el evangelio expresa que “María partió y fue sin demora” a visitar a su prima Isabel, con el fin de asistirla en lo que ésta necesitara, de igual manera nuestra madre espiritual, se dispone a partir sin demora y llevar nuestras súplicas, alabanzas y acciones de gracias ante la presencia de su Hijo.

Al dejarnos a María como madre, en este tan desprendido y amoroso gesto, Jesús nos otorga la gracia de contar con una madre que siempre espera por nosotros, que nunca nos abandona, que está dispuesta a ayudarnos, a atender nuestras necesidades, a disponerse a la tarea asistir a todos y cada uno de sus hijos.

Ahora bien, por nuestra condición humana, podemos caer en la tentación de decir, como lo hizo Isabel, ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? O, en otras palabras, ¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor escuche mis súplicas, mis ruegos, mis oraciones, mis peticiones? Y nuevamente vislumbramos aquí la inmensa sabiduría de nuestro Señor: conocemos de madres que acompañan a sus hijos en la enfermedad; en el dolor de la pérdida. Sabemos de madres que acompañan y visitan a sus hijos privados de la libertad; y en todo esto, también está María. Ella nos acompaña, nos consuela, nos abraza, nos brinda esperanzas. Y de la misma forma que acompaña nuestras lágrimas y pesares, también ríe con nuestras risas, y se alegra con nuestras alegrías.

No dudemos nunca, hermanos, en acudir a ella, en dirigirle nuestras oraciones. Siendo una mujer que no se vanaglorió por su tarea de ser la madre del Salvador, sino que cantó en su alma las grandezas del Señor, y se estremeció de gozo porque Dios miró con bondad la pequeñez de su servidora, no dudemos en pedirle que nos brinde su fortaleza, que nos abrigue y cobije con su manto, que nos haga sentir su presencia y cercanía.

Ella, como toda madre que desea el bien para sus hijos, nos guiará y llevará, cada día, un poquito más cerca de Jesús, que, como nadie, nos ama sin límites ni medidas.