Reflexión del Evangelio del Domingo XXI Durante el Año

Lc.13, 22 – 30

EL AMOR ES SIEMPRE EXIGENTE: Con estas palabras, Jesús deja claro que no se trata de una cuestión de número, de cantidad de personas salvadas, ¡no hay «un número cerrado» en el Paraíso! Sino que se trata de caminar desde ahora, de atreverse a jugarse la vida, de vivir en el amor, y esto es para todos, pero la puerta al final del camino es estrecha.

Este es el problema. Jesús no quiere engañarnos diciendo: «Sí, tranquilos, la cosa es fácil, hay un hermoso camino y en el fondo una gran puerta». No nos dice esto, sino que nos habla de la puerta estrecha. Nos dice las cosas como son: el paso es estrecho. ¿En qué sentido? En el sentido de que para salvarse uno debe amar a Dios y al prójimo, ¡y esto no es cómodo!

Muchas veces esa puerta estrecha es mi hermano, otras veces soy yo, y en ocasiones la vida misma. La cuestión está en no desanimarnos. Sí, la «puerta estrecha» es exigente. Pero el amor es siempre exigente, requiere compromiso, más aún, «esfuerzo», es decir, voluntad firme y perseverante de vivir a la manera de Jesús. Jesús caminaba enseñando y escuchando a los que se encontraba, sin embrago el precio a pagar para entrar al cielo no es el hecho de haber comido y bebido en la presencia del él o de haberle escuchado, sino de ser muy pequeño, de ser del mismo tamaño que Jesús, que se despojó a sí mismo por nosotros.

“Quisiera haceros una propuesta –decía el Papa Francisco en una reflexión del ángelus en el 2016-. Pensemos ahora, en silencio, por un momento, en las cosas que tenemos dentro de nosotros y que nos impiden atravesar la puerta: mi orgullo, mi soberbia, mis pecados. Y luego, pensemos en la otra puerta, aquella abierta de par en par por la misericordia de Dios que al otro lado nos espera para darnos su perdón”