Para Brochero, evangelio no es un libro, sino una persona, una relación con alguien en quien encontró su vocación, su misión. Tomemos ejemplo de esto también nosotros…

El pasado 16, 17 y 18 de septiembre,  seminaristas y formadores de todo el país, nos congregamos en Villa Cura Brochero, para vivir, compartir y disfrutar del VII Encuentro Nacional de Seminaristas Teólogos.

 “Estoy muy entusiasmado de compartir este encuentro, porque nos da la oportunidad de encontrarnos con otros hermanos que vienen caminando y dando respuesta a este ministerio sacerdotal al que Dios nos llama. Abre la puerta a soñar juntos, a abrir la mente y el corazón para dar respuestas al Espíritu Santo, que suscita e inspira nuevos aires y grandes cambios, en estos nuevos tiempos que se viven como Iglesia”.

Nos compartía Nacho (Ignacio Loza) mientras recorríamos los caminos que nos llevaban con destino  a Traslasierra.

El encuentro, precedido por Mons. Ricardo Araya, Obispo de la diócesis de Cruz del Eje, inició con una emotiva procesión, recorriendo las calles del poblado. La misma estuvo precedida por las imágenes de la Virgen María y Cura Brochero, culminando con la celebración de la santa Misa.

Por ser el lema del encuentro: Brochero: comunión, participación y misión, Mons. Araya, en dos oportunidades, nos invitó a destacar diversos aspectos de la vida del santo. En un primer encuentro, resaltó dos aspectos particulares del Cura serrano: por un lado, destacó la particularidad de ser un hombre empapado de evangelio y de un profundo amor a Jesús; y por otro, cómo ese amor a Jesús lo llevó a ser un hombre completamente entregado a las necesidades de su gente.

Las sensaciones que esta plática suscitaron, fueron muy variadas. Pero en todos los casos, nos sentimos invitados a hacer vida el ejemplo del santo. Lo que, muy acertadamente, resumió el seminarista Joaquín R. en pocas palabras:

«La charla realmente me ayudó mucho. Ver al cura Brochero desde estas dos dimensiones me hizo reconocer en él, no solo a un hombre que gastó el tiempo compartiendo con la gente, sino a un hombre que saboreó y gustó ese compartir con la gente de su pueblo. Por eso es que pudo ser, y así lo reconocieron también los lugareños, uno más entre los serranos”.

En horas de la tarde, disponiendo de unas horas libres de actividades programadas, se suscitaron diversas propuestas, a las que todos acudimos gustosos. Joaquín Gutierrez lo relató de la siguiente manera:

“Algunos se sumaron al torneo de futbol. Otros visitaron el parque temático, el museo de la casa de ejercicios o la casa en que falleció Brochero. No pocos aprovecharon para acercarse a rezar frente a las reliquias del santo. Y el resto se dispersó por el pueblo mientras mateaban en la plaza, en el río, etc. Lo lindo fue ver como se generaron tan distintos, pero igualmente ricos espacios de fraternidad”.

     

Posteriormente nos congregamos todos en la capilla “Mi purísima”, para ofrecer nuestras vidas y vocaciones a Jesús, en una muy devota y solemne adoración al Santísimo”.

Al día siguiente, luego de la oración matinal de Laudes, nos reunimos nuevamente para escuchar la prédica de Mons. Araya, culminando el encuentro, posteriormente, con la celebración de la santa Misa y el descubrimiento de una placa conmemorativa, que recordara el paso de tantos llamados a vivir y discernir la vocación del sacerdocio.

El seminarista Lucas Luna nos ofrece la siguiente reseña:

“Me gustó mucho ver como el santo invitaba a los sacerdotes a tratar con dulzura y amabilidad a los laicos; a comprometerse con la tarea pastoral; a cuidar también su momento de oración y confesión como algo fundamental en la vida sacerdotal. Y qué decir de la procesión que vivimos después de la celebración de la Eucaristía, hasta el santuario. Todos los seminaristas ,junto a sus formadores, pusieron a los pies del cura gaucho, su seminario, su vida formativa y sobre todo, el deseo de formarse con un corazón como el de Cristo, Buen Pastor».

Finalmente, la despedida de todos con quienes se compartimos durante estos días, fue igualmente provechosa. Abrazos, risas, oraciones, intercambio de estampas de los patronos de los distintos seminarios, fueron parte de los gestos que acompañaron la esperanza de un pronto reencuentro.